Julián López. "Un Guijarro en el Cielo" de Isaac Asimov. Instituto María Ana Mogas. 2º "A" CBU

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Julián López. "Un Guijarro en el Cielo" de Isaac Asimov. Instituto María Ana Mogas. 2º "A" CBU

Mensaje  Julián López el Dom Sep 16, 2012 10:36 pm

En esta novela aparecen muchos recursos. Ellos son: Anáfora, Hipérbaton, Poliptoton, Núcleo Resumidor, Metáfora, Progresión y Hesterostiquio


Esta novela trata sobre un muchacho llamado Joseph Schwartz (un anciano) que estaba paseando por Chicago, se decía que en aquella ciudad había una bomba atómica y que iba a suceder una Tercera Guerra Mundial. En Chicago había un instituto que era uno de los mas importantes de esa ciudad, su nombre era Instituto de Investigaciones Nucleares, allí se encontraban hombres que tenían las teorías sobre el valor esencial de la naturaleza humana, cuando Schwartz iba caminando por una calle de Chicago vio una puerta entreabierta del otro lado de la calle donde pudo ver movimientos de algunos jóvenes. El Doctor Smith discutía con un joven por un químico, él decía que era uranio y el joven lo contradecía diciéndole que para el se trataba de una fusión. El doctor Smith le dijo (“Fuera lo que fuese joven” = Poliptoton Pág. 9) puedo informarle que es lo que vi. Esa parte de platino tenia una corona. Se estaba produciendo una poderosa radiación.
Schwartz se paralizo con horror, y el sonido de (“su propia voz era un elemento tranquilizador” = Metáfora. Pág. 13) de un mundo por lo demás completamente absurdo. Miró con desesperación a su alrededor, él decía que la mayoría de los sueños no duraban mas de cinco segundos, y podían ser ligeras perturbaciones sufridas por la persona que duerme, y que la duración de un sueño aparentemente es una ilusión. Miraba su reloj y el segundero (“giraba, giraba y giraba” = Anáfora Pág. 13). Loa Maren y su esposo Arbin, estaban jugando a las cartas en esa misma tarde, él no le prestaba mucha atención a las cosas que le preguntaba Grew (su yerno). (“Te toca jugar a ti, Arbin” = Hipérbaton Pág. 17).
(“El granjero contesto algo a su vez y levanto la camisa de Schwartz del respaldo de la silla, donde estaba colgada. La inspecciono cuidadosamente desde todas las direcciones, presentando especial atención a los botones. Entonces volvió a colgarla y abrió la puerta corrediza de un armario. Por primera vez Schwartz percibió visualmente la calida blancura de las paredes” = Progresión Pág. 23).
Bel Arvadan (un arqueólogo de la galaxia pero que está en la tierra tratando de probar mediante su investigación que toda la humanidad tuvo su origen en la Tierra) fue entrevistado por la prensa con un motivo de su próxima expedición a la Tierra. Terminada la entrevista Ennius le dijo ¿Piensa quedarse durante mucho tiempo, doctor Arvadan? Y Bel le respondió (“No tengo ningún plan definido al respecto, lord Ennius” = Hipérbaton Pág. 28). Ennius se definió como el más tolerante de los hombres, también cree en la raza humana y que el efecto de radiactividad, no se aplica simplemente a algunas formas de la vida humana, o a algunas formas de cualquier vida. Un caballero rubicundo con uniforme de coronel se inclino hacia él con la marcada condescendencia de un militar hacia un intelectual le dijo: (“Si no interpreto mal sus expresiones, doctor Arvardan” = Hipérbaton Pág. 33). La charla entre el doctor Arvardan y lord Ennius siguió. Se explicaban uno al otro que cualquier hombre de ciencia era capaz de realizar ese trabajo de los terráqueos. Es innegablemente su igual intelectual, y si el le perdona la suposición, también es el suyo. Interrumpía lord Ennius diciéndole Volvamos al sinapsificador. ¿Shekt lo probo con seres humanos? (“Lo dudo, lord Ennius” = Hipérbaton Pág. 35). El técnico ya estaba haciendo entrar las últimas unidades de aspecto bastante antiestético que en conjunto formaban el sinapsificador. (“Al apretar un botón, el vidrio polarizado de las ventanas de la sala de operaciones sufría un reordenamiento molecular y se tornaba opaco. La única luz era la que emitía su resplandor blanco y frío sobre el paciente suspendido en el campo diamagnético de varios cientos de kilowatios, cinco centímetros mas arriba de la mesa de operaciones a la cual había sido trasladado” = Progresión Pág. 48). En todo caso no se atrevía a hacer nada. Solo podía esperar. Estaba envejeciendo y, como había dicho Ennius, era un pasatiempo peligroso en la Tierra. (“Ya casi había llegado a los Sesenta, había pocas excepciones para su garra implacable” = Hesterostiquio Pág. 53) Fue así como en la misma tarde en que Arbin Maren llegaba a Chica Schwartz para que el fuera la “victima” con el sinapsificador de el doctor Shekt, este había estado encerrado durante mas de una hora nada menos que con el procurador de la Tierra. (“Estaba en un avión, rodeado solo por terráqueos, y se comportaba con bastante naturalidad, aunque esta no era total” = Hesterostiquio Pág. 65). Se produjo un silencio general, en el que había una buena proporción de desprecio por esa tonta manifestación de idealismo. Por fin alguien hablo con tono diplomático, como queriendo poner punto final al tema. (“Finalmente el hombre maduro, cuyo cuadragésimo aniversario de bodas había iniciado la conversación, emitió su parecer, envalentonado quizá porque al ser una próxima victima de los Sesenta no tenia nada que perder" = Progresión Pág. 69) El doctor Shekt (un científico del futuro que drea un aparato que acelera la capacidad de aprendizaje) miro por vigésima vez su ultimo volumen de notas de estudio. Cuando Pola (una terráquea joven y hermosa, hija de Shekt, es la encargada de representar los sentimientos humanos) entro a su oficina, el cerro todo. Messter que estaba sentado al otro lado de la mesa, giro la cabeza y le miro, y no dijo nada. (“Mire a ese pobre idiota, Messter” = Hipérbaton Pág. 77) Schwartz lanzo un chorro de prosa incomprensible y tironeo asustado. Sin embargo la mano de Arvardan era capaz de retener a hombres mucho más fuertes que Schwartz, de modo que se conformo con sonreír y decir con voz serena, para que le oyesen los curiosos espectadores. Hubo una orden en la administración que decía que todos los clientes del establecimiento salgan ordenadamente por la puerta de la calle Quinta. Era importante que esto sea hecho con rapidez. Se levanto un grito múltiple que hacia en diversas formas la pregunta siempre imposible de contestar: ¿Qué ha sucedido? Y ¿Qué ocurre?
(“Pongámonos en la fila, señorita” = Hipérbaton Pág. 82) Los ascensores volcaban su carga humana a medida que los pisos superiores se vaciaban. Arvardan comprendió que en ese momento podría haber abandonado a la muchacha, y todo fue destino. Pero el Gran Imperio Galáctico habría sido desintegrado por el caos y la destrucción. Dejaron atrás las oscuras murallas del cuartel. El viaje taxi aéreo hasta la ciudad propiamente dicha duro apenas diez minutos y transcurrió en silencio. Pola decía que nunca se imagino que los extranjeros podían tratar a un terráqueo de esta forma. (“No soy un terráqueo, Pola” = Hipérbaton Pág. 93). Ella se volvió rápidamente hacia él, con el rostro pálido bajo la luz de la luna. Durante algunos segundos permaneció callada. Shekt invento el sinapsificador y todavía es el único hombre verdaderamente experimentado en su manejo. Siempre fue vigilado y ahora lo será más que antes. El primer ministro tenía ambos puños sobre el escritorio, delante de él. Sus ojos tenían un brillo salvaje y sus rasgos suaves y prolongados estaban arrugados por la preocupación, Balkis la felicito por hacer tejido una trama tan complicada con tan pocos detalles. Ella respondió: (“Fue muy hábil, Balkis = Hipérbaton Pág. 100). Cuando el secretario se dirigió hacia su pequeña oficina se quedo solo, y en estas ocasiones sus pensamientos escapaban a veces de su firme control retozaban en la intimidad de su mente. No se referían al doctor Shekt, (“Ni a Schwartz, ni a Arvardan” = Anáfora Pág. 101). Usaban un tablero nocturno, que brillaba en la oscuridad con un resplandor de cuadros azules y anaranjados. Los trebejos, que a la luz del día parecían vulgares figuras de arcilla rojiza, se metamorfoseaban por la noche. La mitad estaba bañada por una blancura cremosa que le daba un aspecto de porcelana fría y brillante. Los primeros movimientos fueron rápidos. (“El peón de Schwartz hizo frente al avance del enemigo. Grew llevo el caballo de rey a alfil 3; Schwartz contesto moviendo el caballo de reina a alfil 3. Después el alfil blanco fue a caballo de reina 5 y el peón negro de la torre de reina avanzo una casilla para obligarle a retirarse a torre 4. Después llevo su otro caballo a alfil 3.” = Progresión Pág. 107). Estaba oscureciendo y el viento era ligeramente fresco. Como siempre, esto resultaba absurdo. Schwartz calculaba que estaban en Diciembre, e indudablemente la puesta del sol a las cuatro y media lo confirmaba, pero la frescura del viento no se parecía al invierno del Medio Oeste.
Arvardan se esforzó por mencionar los saludos de algunas personalidades importantes del Imperio al pueblo de la Tierra. El primer ministro tuvo igual cuidado de expresar la profunda gratitud que debía experimentar toda la Tierra por la generosidad y la comprensión del gobierno imperial. (“A las ocho avanzaba lentamente con una larga hilera de coches terrestres por el camino en serpentina que aparentemente conducía Gran Teatro. Había preguntado una sola vez el rumbo que debía seguir, y el peatón interrogado le había mirado con desconfianza” = Progresión Pág. 136) En ese momento, Arvardan habría aceptado gustosamente la misión de derrocar al emperador. Nunca había estado enamorado anteriormente, y al llegar a este punto detuvo bruscamente sus pensamientos.
Arvardan y Shekt se encontraron en u cuarto del segundo piso de la casa. Las ventanas estaban cuidadosamente polarizadas para obtener una opacidad completa. Pola permanecía abajo, alerta y vigilante en el sillón desde el cual dominaba la calle oscura y vacía. Hizo una demostración y Arvardan hinco los dientes, después de haberla olfateado con curiosidad. (“Esto es delicioso, doctor Shekt!” = Hipérbaton Pág. 143) Era casi medianoche. El día había sido largo y habían ocurrido muchas cosas. Pero ahora conmovió a Arvardan. Serra mejor que vaya al grano, dijo con voz tensa. (“-Tenga paciencia, por favor-” = Hesterostiquio Pág. 145) respondió Shekt.
No creamos en la enfermedad; simplemente la transmitimos. E incluso esta transmisión ocurre raras veces. Incluso aquí solo ofrece peligro un germen (“entre billones, o entre billones de billones” = Anáfora Pág. 147) En la granja había sido una facultad extraña y perturbadora, cuya naturaleza él ignoraba y en cuyas posibilidades no había pensado. Ahora se trataba de un don elástico que debía ser investigado.
Por un instante Schwartz sintió que la armadura de su aislamiento se resquebrajaba. Por primera vez sintió que recuperaba la individualidad que había perdido. El secreto estaba revelado: era un hombre del pasado, y ellos lo aceptaban. Esto probaba que estaba cuerdo, alejaba definitivamente la duda torturante y él se sintió agradecido. Y sin embargo, conservó su distanciamiento. Puede indagar en las mentes Arvardan. ¡Cuantas cosas podría hacer con él! Y estoy aquí…, inerme… (-¿Cómo…, cómo…, cómo…?- = Anáfora Pág. 159) balbuceo Arvardan con los ojos desencajados.
Había pasado una hora desde que Arvardan había salido torpemente de su desvanecimiento para encontrarse sobre la losa, como una res que espera el hacha. Y no había ocurrido nada. Nada, exceptuando esta conversación febril, inútil, que hacia mas insoportable la insoportable espera. (“Todo aquello tenia un objetivo. Por lo menos sabia eso” = Hesterostiquio Pág. 161). Schwartz yacía impotente, con un incalculable refinamiento sumado a su tormento. Él tenía cuatro mentes en una. Hasta ese momento había asimilado cualquier cosa que encontraba, pero ahora estaba buscando..., buscando… Dolorosamente capto algunos jirones. (“Hay un edificio… que no veo…, bien… Cinco puntas… una estrella…, un nombre; quizá Sloo…” = Progresión Pág. 166).
La mente de Schwartz estaba convertida en un torbellino. Sentía que una tranquilidad extraña, absurda. Había una porción de él que parecía tener el control absoluto de la situación, y otra porción que no podía creerlo. A él le habían aplicado la parálisis después que a los otros. Después de todo, no necesito su información con tanta urgencia como para soportar groserías. Según parece, hemos adelantado la hora del golpe. ¿Esperaban esto? Es sorprendente lo que se puede lograr hostigando a la gente, incluso a quienes juraban que no se podía obtener mayor rapidez… ¿Ha visto eso, mi dramático lector de pensamiento? Comento Balkis. No, respondió Schwartz. (“No buscaba eso, y lo pase por alto… Pero ahora puedo captarlo. Dos días… Menos… Veamos… martes…, seis de la mañana, hora de Chica” = Progresión Pág. 171[/b]). Entonces Arvardan comprendió. Bruscamente se puso a cuatro patas. Después volvió a erguirse, lenta y dificultosamente, (“[b]con todas sus fuerzas, hasta quedar de pie” = Hesterostiquio Pág. 171). Arvardan se detuvo para descansar. (“No quería hacerlo. Pero era necesario” = Hesterostiquio Pág. 173) Su dedo estirado tocaba apenas la tela de la tunica del secretario y le pareció que no podía seguir moviéndose. Sus pulmones doloridos no conseguían bombear el aire que necesitaban sus miembros muertos. Sus ojos estaban nublados por las lágrimas del esfuerzo y su mente estaba envuelta en una bruma de dolor. Unos minutos mas, Schwartz –boqueo- (“No lo suelte…, no lo suelte…” = Anáfora Pág. 173).
El secretario dejo escapar un gemido y Schwartz capto el toque mental reanimado. Silenciosamente, casi con miedo, le dejo recuperar sus fuerzas. Y entonces le hablo. Fue un discurso sin palabras; fue la orden silenciosa que uno le dirige a su brazo cuando quiere que se mueva, una orden tan silenciosa que ni siquiera uno mismo tiene conciencia de ella. Balkis estiro la mano y aferro torpemente el arma. Un brillo agudo y devorador cruzo fugazmente por sus ojos, y en seguida se desvaneció por completo. (“Lenta, lentamente, la pistola fue guardada en la funda colgada del cinturón, y la mano se aparto de ella” = Progresión Pág. 176). Schwartz agonizaba bañado de sudor. El camino sinuoso que les alejaba de la puerta lateral por la que habían salido estaba desierto. De lo cual se alegro mucho.
Solo Schwartz conocía el verdadero precio del fracaso. En la mente enemiga que controlaba, él podía percibir mas siniestros. Tenia que hurgar en la mente en buscar de las informaciones que guiaban: la posición del coche oficial, la ruta que debían seguir. Una vez llegado al coche, Schwartz balbuceo las palabras. No se atrevía a relajarse durante el tiempo necesario para pronunciar frases coherentes. Emitió palabras ahogadas y rápidas: (“No puedo… conducir el coche… no puedo obligarlo… a él… a conducir… Demasiado complicado… No puedo…” = Anáfora Pág. 178). –No puedo hacerlo mientras no este convencido de la gravedad de la situación. (“-¡Por el Cosmos, deje de provocarme!-” = Hesterostiquio Pág. 182). El semblante del coronel no reflejo ninguna emoción. Había sido educado para esto. (“Preparen la artillería y los aviones… Todos los hombres a los puestos de batalla. No hagan fuego si no es en defensa propia” = Progresión Pág. 188). Esquivo las miradas de sus compañeros. Permaneció sentado un largo rato, inmóvil, mordiéndose el nudillo con los dientes. -¿Y bien?- pregunto Shekt finalmente
-Casi eche todo a perder – respondió Arvardan, meneando la cabeza
-¿Qué hizo?-
-(“Perdí los estribos; ofendí al coronel, no obtuve nada…” = Hesterostiquio Pág. 190). El rechoncho terráqueo estaba sentado en su catre. Se encogió de hombros cuando las miradas se volvieron hacia el e hizo un gesto de impotencia. Quizás todos merecían morir. Aquellos (“estupidos…, estupidos…, estupidos…” = Anáfora Pág. 192). La puerta se abrió, y Arvardan no estaba tan resignado a la muerte como para no levantar la cabeza con una fugaz expresión de esperanza en el rostro. Ennius se acerco y miro momentáneamente al padre y a la hija.
Balkis entro sonriendo a la habitación. Le hizo una reverencia formal a Ennius, quien contesto con una ligera inclinación de cabeza. Ennius permaneció un rato largo callado, con el rostro consumido y súbitamente armado de una increíble altivez. (“Un momento. Un momento.” = Anáfora Pág. 203) No se vaya.
Había transcurrido treinta días desde que Joseph Schwartz había partido en un aeródromo en una noche dedicada a la destrucción galáctica, mientras que las sirenas de alarma ululaban enloquecidas detrás de el y el éter era atravesado por ordenes terminantes para que se detuviese. El corazón de Schwartz latió maravillado por todo esto mientras subía por la escalinata hasta la puerta principal. La semana próxima partiría con Arvardan rumbo a los grandes mundos centrales de la Galaxia.
Espero en la calle, con las frías estrellas brillando sobre su cabeza; toda una constelación de ellas, visibles e invisibles. Y para él, y para la nueva Tierra, y para todos esos millones de planetas lejanos, repitió suavemente una vez más aquel antiguo poema que ahora solo él sabia entre tantos miles de millones, como decía el poema:
¡Envejece junto conmigo!
Lo mejor aún no ha venido,
El final de la vida, para el cual fue creado el principio…

Julián López

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